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ULTRAMARATON CABALLO BLANCO

LA AVENTURA RARAMURI

· Historias

Son las dos y veintisiete de la mañana, los nervios me despertaron tres minutos antes que la alarma del teléfono. Desde hace varios días he dormidos mal, y el único motivo es la aventura que me espera el fin de semana.
No es la primera vez que corro un ultramaratón, ni tampoco son nuevos los ochenta kilómetros que me esperan en menos de cuarenta y ocho horas. Pero es la culpa de Christopher McDougall quien escribió el libro Nacidos para Correr, que en cuanto me inscribí a la carrera, tuve esa sensación de adolescente qué va a conocer a su grupo de rock favorito.
Hay gran misticismo acerca del Ultramaratón Caballo Blanco en Urique Chihuahua, una carrera que se puede considerar un poco hippie, ya que no hay propiamente un reglamento, no hay plática informativa, el marcaje es mínimo, así como sus abastecimientos, además no participa en la ahora tan discutida certificación de la ITRA.

La realidad es que todos vamos a corroborar las experiencias de Caballo Blanco en una región perdida de las Barrancas del Cobre, y honestamente no sabía a lo que me dirigía.

Solo sabía que tendría que tomar en avión qué me llevara de la Ciudad de México a la Ciudad de Chihuahua (cosa en implica al menos cinco horas desde la puerta de mi casa), ya en el aeropuerto es momento de rentar un auto, para viajar cerca de 400 kilómetros, algo que implicará unas 8 horas.

Ya empacado todo en la cajuela y con ruta marcada en el teléfono celular (piensen en descargar toda la ruta, ya que más de la mitad del camino no tiene cobertura celular), los nervios se comienzan a transformar en emoción. Después de un par de horas, al dejar la ciudad, se comienzan a ver los paisajes montañosos, y a la mitad del camino, la magia comienza a aparecer. Cada montaña te invita a estacionar el auto y salir a trotar un poco; hay que tener agua en la venas, para no querer correr por esos senderos.

Los últimos 50 kilómetros son caminos sin asfaltar, y en los últimos 24 kilómetros hay solo un camino de tierra, donde con mucha dificultad pueden pasar dos autos, y de un lado está la barranca, y del otro cientos de metros de caída libre.

Ya por fin en Urique dejo las maletas y voy a dar un pequeño paseo, me entero que la carrera para niños fue por la mañana. Hay música qué se escucha en todo el pueblo, y en la plaza un escenario qué a partir de las seis de la tarde se llena de música regional, baile, y la presentación de un mural ad hoc.

Tengo todo un día libre antes de la carrera, así que doy una vuelta por el pueblo que tiene no más de diez calles; y aprovechar para darle apoyo a los corredores del 21K, carrera en la que se ven decenas de niños qué no superan los doce años, se nota que para los adultos no es la distancia preferida.

Ya con dorsal y playera en mano, me dispongo a degustar las delicias locales, que simples pero con gran sabor; y sin duda con el calor de toda la gente que es muy amable, la comida saber mejor. Es muy bonito ver como todos saben de la carrera y se esfuerzan para qué tu estancia sea lo más placentera posible.

Después del evento de inauguración y la fiesta que lo acompañó hasta alrededor de la media noche me fui a descansar, ya que la mañana siguiente era el momento que esperaba como niño en noche de navidad.

Otra vez me adelante al despertador del teléfono, pero en esta ocasión, por la música que emanaba desde el centro del pueblo, invitando a los corredores a acercarse. Ya con toda la parafernalia lista, me voy a la zona de meta.

La primera gran sorpresa es que de los originalmente 60 inscritos, hay no menos de 300 raramuri listos para competir.

Niños, niñas, señores, señoras, e incluso algunos ya entrados en la séptima década de la vida. Pero la más llamativo son los colores, muchos trajes típicos con rojos, amarillos y verdes que resaltan sus raíces. La participación de la comunidad raramuri debe ser cerca del 90%, y es en ellos donde el minimalismo alcanza su máxima expresión.

Nada de equipamiento, y me refiero a absolutamente nada, la mayoría en trajes típicos, o en jeans, solo la playera del evento, todos en algún tipo de sandalia, la gran mayoría de restos de neumáticos, y amarres de cuero; eso es todo.

Olvídate del frontal, lentes, playera con tecnología de la NASA, zapatillas de última moda, ni siquiera la mínima hidratación y alimentación para la carrera. El extremo fue observar a un niño no mayor de 12 años, que una de sus sandalias se había roto y corría descalzo.

La salida muy estándar, es decir todos salimos como si fueran los cien metros planos, pero para el kilómetro cinco el paso sigue muy rápido, paulatinamente ves cómo te rebasan sin siquiera mostrar esfuerzo, como si tuvieran una comunión con el suelo que pisan.

Durante la primera mitad de la carrera, mis expectativas de intentar llegar en los primeros veinte lugares comienzan a desaparecer; afortunadamente lo compensa el increíble paisaje de nos acompaña.

Cada vez que alguien me dejaba atrás me sorprendía la fuerza con la que avanzaba, prácticamente sin ningún recurso, salvo sus piernas y su amor al correr. Cuando pensaba que poco a poco los compañeros raramuri mermaban, en cada cuesta mostraban su potencia al subirlas corriendo, cuando todos los "extranjeros" caminábamos fatigosamente.

La carrera para los raramuri parece un ejemplo más de cómo ni la dominación española, ni la pigmentocracia mexicana han sido suficientes para doblegar su espíritu.

En la parte final de la carrera con el sol a plomo, y con los ríos cristalinos invitando a un chapuzón, comienzas a ver los caídos, personas mayores presa de los calambres, mujeres y niños que caminan con la esperanza de llegar antes de la hora de corte, pero mucha, mucha gente siempre intentando ir para adelante.

Conforme los vas dejando atrás no te sientes orgulloso del paso constante qué llevas, muchos de ellos viajaron por lo menos de diez horas para llegar a Urique, durmieron en casas de campaña, tuvieron una limitada alimentación, sin contar con siglos de maltrato y carencias.

Correr el Ultramaratón Caballo Blanco es un viaje qué va más allá de la distancia, o el reto de una ultramaratón.

Es una experiencia donde la montaña, su gente y su cultura te regalan unas bofetadas de realidad, en un sociedad cada vez más cortoplaciente y consumista.

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