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Negociaciones nocturnas

· Relatos

Pablo se apresuraba para salir a tiempo de la oficina. Aunque el cursor de la computadora seguía pensando, esta vez no hubo tiempo de confirmar la pantalla inerte. Tomó su mochila llena de ropa, víveres, el equipamiento necesario; y esquivando las curiosas miradas de sus colegas se filtró hacia las escaleras de servicio.

Por fin escapó del edificio localizado en el corazón de la Ciudad de México, a dos horas en transporte público de la casa que rentaba, en una de esas colonias periféricas al orbe. Tierras que hace unas décadas eran pobladas por vacas y maizales; pero que ahora daban cabida a centenas de las familias mas pobres de la capital del país.

Ni la ocasional falta de energía eléctrica o agua, lo violento del vecindario, o el exceso de perros que amedrentan el camino, eran problemas para Pablo.

Aunque pagaba poco, buena parte de su injusto salario lo destinaba a pagar la renta, algo de ropa para el trabajo que intentaba sin éxito ser formal y los elementos mínimos para su supervivencia.

El escaso dinero restante lo destinaba a esa afición, que sus compañeros de cubículo tachaban de estúpida. Nadie entendía porque malgastaba sus recursos en tomar varios autobuses y transportes locales, para que lo aventaran en medio de alguna comunidad enclavada en alguna región montañosa. Donde lo esperaban algunas decenas de desconocidos que, con un dorsal colgado en la playera, se disponían a correr cualquier distancia mayor a los cuarenta y dos kilómetros del maratón, siguiendo una tortuosa ruta en medio de la sierra.

La inevitable pregunta era - ¿Y por qué lo haces? - Pablo después de varios miles de kilómetros acumulados en las piernas, aún no sabia como responderla.

Desconocía si el sumiso origen de sus ancestros que pudieron ser tamemes y llevar pescado fresco el rey del imperio; o la férrea tenacidad de los rarámuris en Chihuahua, que subsistieron a la conquista española corriendo por las barrancas del Cobre. Era imposible saber si alguno de esos genes hacía que la sangre de Pablo hirviera cada vez que pasaba horas corriendo por la montaña.

Lo único que sabía era que, correr se convirtió en un anestésico al dolor que dejo la muerte de sus padres; a quienes el azar colocó en el lugar donde un chofer de transporte público, con mucho alcohol en las venas y mayor deseo de ganar una ilegal carrera de arrancones, volcó su unidad sobre ellos. Pasados algunos años, lo que comenzó como un alivio a un luto silenciado, se fue tornando en una sensación de bienestar. Y al incrementar la distancia se transformó en euforia, en una adicción que le pedía en pequeñas dosis, más y más kilómetros.

Nunca fue el más veloz, ni el mas fuerte o el mas hábil, pero esto no lo mermaba, la vida ya le había enseñado que su lugar en el mundo no estaba enfrente. En la montaña no importan los demás, simplemente es un reto personal, aun siendo el ultimo en llegar a meta, ese momento siempre sabe a victoria. Para Pablo era la oportunidad de engañar a un destino que lo trataba con férreo desdén, o al menos eso creía mientras miraba por la ventana del autobús las montañas que lo esperaban al día siguiente.

Su respiración agitada, y el vapor de agua que salía de nariz y boca eran lo único que Pablo reconocía. Todo alrededor era extraño e intimidaba, aunque sabía correr de noche, cada montaña es una nueva realidad, siempre impredecible. La sierra que durante el día y desde el altiplano simula una postal de los pirineos, es muy distinta cuando se atraviesa a media noche con dieciocho horas de recorrido sobre las piernas.

Apenas inaugurado el nuevo día y con un cielo minado de estrellas, Pablo continuaba atravesando una neblina espesa y gris, abriendo un hueco en el aire que dejaba a su paso. Lo más duro era el frío que mecido por el viento perforaba los tejidos de su ropa; haciendo que las gotas de sudor se conviertan en pequeños cristales que aguijoneaban la piel.

Al arrancar la carrera, desde el ocaso, que le regaló una postal grabada para siempre, intentó habituarse al entorno que lo acompañaría hasta el alba. La penumbra le obligó a incitar los sentidos, identificando los sonidos de los animales salvajes que protegidos por un manto nocturno salen de sus madrigueras a merodear y buscar comida. Miles de insectos que durante el día pasan desapercibidos, se revelan cuando la lámpara frontal ilumina un mosaico de milimétricos ojos, reflejando la luz como pequeños diamantes distribuidos por la pared rocosa, las cortezas de los árboles o el suelo agreste. Pero nada eriza la piel, como esos ojos inmensos de toros y vacas bufando a su paso.

Pablo sabía que este ultra maratón no iba a ser sencillo. Cien millas - prácticamente la distancia entre la oficina y este pueblo perdido en la sierra- se dicen rápido, pero desdoblarlas en un mapa y transformarlas en horas continuas de recorrido lo vuelven un crucigrama.

Sin embargo, el mayor reto no eran las hipotéticas treinta horas de competencia, el doloroso traumatismo de las fibras musculares tras miles de impactos contra el suelo, o los interminables ascensos por las diversas montañas.

El mayor enemigo también venía corriendo, silencioso y codo a codo. La mente, aprender a domarla, someterla, no es fácil, en especial porque en estos casos ataca en compañía. Frecuentemente la soledad se encarga de arrinconar a los corredores en el peor momento de la competencia.

Cada cierto tiempo encontraba un aliciente, un saludo, algo de agua y comida, pero esos puestos de abastecimiento se tornan escasos conforme avanza la noche. Dejando que Pablo, su mente y la soledad deambulen por el bosque peleando por quién ganará la carrera.

A sus invisibles contrincantes no les preocupa la euforia del disparo de salida, ni las improntas de paisajes majestuosos, mucho menos los escasos compañeros de carrera que se van perdiendo en el camino; sencillamente es cuestión de paciencia, tarde o temprano se verán las caras y comenzarán las negociaciones nocturnas.

Tenía al menos dos horas que había dejado el último puesto de abastecimiento. Los somnolientos voluntarios venciendo el cansancio de una larga jornada, sabían lo importante que era darle ánimo a los noctámbulos. Se despidió de ellos con una pesada sonrisa, patrocinada por el dolor de unas ampollas, que ya venían lanzando chispas desde varios kilómetros atrás.

Después de llenar sus bidones, sacar ropa que lo protegiera un poco más del frío que le picaba la piel y comer una sopa caliente, puso su mochila en la espalda y comenzó a caminar, a estas alturas era imposible arrancar corriendo; después de una centena de metros Pablo se sintió animado y a la postre pudo trotar.

Extrañamente se sentía mejor, justo cuando la montaña cobra la factura de no respetar sus tierras y su sueño. Poco después entendió la ligereza de su paso, al sacar sus cosas de la mochila, tuvo la mala fortuna de alejar esa bolsa con comida, agua, pastillas de electrolitos y dejarla fuera del campo visual de su lampara; distraído por la charla con las personas del staff y disfrutando del calor que la sopa le entregaba en las entrañas; dejo su fuente de abasto que le haría falta para la parte más difícil del camino.

El desvelo previo al inicio de la carrera, y el cansancio de los dos maratones que venía acarreando desde el día anterior hacían que sus decisiones fueran lentas. Mientras deliberaba, solo podía seguir corriendo.

Al final la decisión era, regresar al lugar donde olvidó sus viandas, o continuar en el camino esperando encontrar el siguiente oasis en medio del desierto de oscuridad.

Para cualquier persona, en especial si se encuentra en la tibieza de casa, sentado frente a la pantalla plana con una taza de café caliente; para esta persona no habría ninguna duda, hay que regresar y de ser posible abandonar la carrera.

Pero Pablo sabía que, de regresar, no iba a renunciar. Ya la vida lo había obligado a renunciar a muchos sueños, y en contadas pero eficaces ocasiones le había roto la esperanza. El grave problema era que al volver por sus víveres y regresar por el camino recorrido, este último fragmento lo recorrería tres veces, poniendo en riesgo el resto de la carrera, las posibilidades de acabar en el tiempo límite se reducían peligrosamente.

Pablo siguió adelante, cimentaba sus pronósticos en la aleatoria probabilidad de encontrar un río, que le permitiera hidratarse a lo largo de las horas que quedaban por delante. Esa decisión había sido el enroque propuesto por su mente, en una partida que se perfilaba compleja.

Sin pensar en el aquí y en el ahora, clásico mantra de todos los corredores solo pensaba en encontrar ese mágico afluente que le sería de ayuda para llegar a la siguiente estación. Concentrado en identificar el ruido del agua corriendo vereda abajo, más que poniendo atención en el camino, es que tropezó. Para su buena fortuna iba subiendo una ladera, ya que, de haber ocurrido en alguno de los sinuosos descensos, o en un camino alfombrado de rocas filosas como dagas, la historia sería aún menos grata.

Esta era una advertencia, la entendió y se detuvo, era el momento de replantear su estrategia, refrescar las ideas, olvidarse de las metas “a largo plazo” y prepararse para los siguientes minutos.

Se acomodó la ropa y limpió la tierra con sangre que tenía en cara y palmas, a pesar de su carencia utilizó un poco de agua para enjuagarse. El agua al contacto con su escoriada piel lo despertó como una intensa bofetada, detonando el disparo de adrenalina que evolutivamente hemos reservado para un león persiguiéndonos por la sabana.

La fórmula funcionó, se encontraba alerta, con el corazón saliendo por el cuello, y las pupilas dilatadas como gato agazapado tras un inocente ratón.

Ya con menos pereza mental hizo cálculos: se encontraba en un laberinto sin salida, regresar o avanzar ya implicaría el mismo tiempo y esfuerzo. La alternativa de esperar a que alguien pasara por el camino era aún más arriesgada, ya que el punto de congelación evidenciado por el rocío congelado de los pastos vecinos indicaba que la hipotermia se le insinuaba peligrosamente.

Pablo comenzó a avanzar siguiendo la oscura senda, sabiendo que estaba en el punto de no retorno, paradójicamente iba aliviado; prácticamente sin víveres y sin agua, solo tenía una labor, seguir avanzando.

Sus ojos hipnóticamente seguían el círculo de su lámpara montada en la frente y ocasionalmente miraba al horizonte, para seguir las pequeñas marcas reflejantes, que como luceros le indicaban el camino a la meta.

Al poco rato un eco llamó su atención, un sonido imaginario de pisadas lejanas. Girando alrededor de su cabeza, difícil saber de dónde provienen, pero juraba que de un corredor cercano. Un esbozo de sonrisa asomo en su rostro y apretó el paso; exprimiendo al cuerpo más energía, propinando eficaces martillazos a sus gastadas rodillas, y torturando al cerebro para que lo impulse hacia adelante.

En el afán de alcanzar al imaginario corredor, no se percató que su mente paseaba entre las alucinaciones auditivas a las visuales, y que los reflejos luminosos guiando su camino se hacían más frecuentes y erráticos, incapaz de concluir que la bioluminiscencia de unos insectos estaba forjando su destino, continuaba por brechas más angostas, con terrenos sucios, mojados, casi grasosos.

Al final los pasos vecinos se distanciaron. Pablo se abrió paso por una maleza de grandes hojas, colores vivos, eléctricos, de texturas diversas con espinas alternando con aterciopelados tallos, y flores chillantes que lo dejaron perplejo. Tenía tiempo que sólo caminaba, algo desordenado, pero sobre la eterna senda, mirando de un lado a otro, los colores lo maravillaban incluso lo mareaban, dificultando su ya perdida carrera.

Una ligera brisa secaba el sudor de su frente, dejando nuevos olores en el ambiente, que sus intoxicadas neuronas interpretaban como retazos de canela que sucedían entre pólenes, despertando el mismo reflejo con el que Pavlov paso a la historia.

Ya con las ampollas enmudecidas, sin dolor en el cuerpo, olvidado del cronómetro, solo pudo sentarse a disfrutar el escenario que su distorsionada realidad le regalaba.

Tras unos minutos se enfocó en un dulce olor proveniente del suelo, un efluvio de pan recién horneado, de harina endulzada con mieles; con ojos desorbitados se tiró a cuatro patas, con ansiedad buscaba el origen de ese olor, tras innumerables intentos, encontró la fuente del aroma. Unos bollos blandos y redondos, apenas levantados del suelo por un carnoso tallo, media docena esperando que Pablo las tomara y con cuidado las oliera. El ruido de su estómago fue la señal para comerlos, al principio con timidez, pero finalmente con furia.

Cada bocado le traía paz a su cuerpo destruido por el cansancio, y le inundaba la cabeza de sabores primigenios. Deseando que no terminara ese placer, siguió comiendo, hasta que desaparecieron del suelo.

Pero como éter, las sensaciones en sus papilas gustativas seguían rememorando el festín, y poco a poco se iban perdiendo los imaginarios olores y sabores.

La felicidad del placer infinito lo inundaba, la satisfacción que inició en su boca se extendió al resto de su cuerpo. Pablo se recostó en el hueco formado por una roca y un árbol, el sueño lo vencía lenta pero eficazmente, suspirando cada vez más despacio, permitiendo que cuerpo y alma se relajaran.

Hubo que esperar a que llegara el último corredor, para confirmar que Pablo no había terminado la carrera. El staff confirmó que el último punto de abasto fue cercano al tercio final de la carrera, la parte más agreste para ir en su búsqueda. Tuvieron que esperar a que el nuevo sol iluminara para emprender la búsqueda, corredores, staff y locales; unos a pie y otros a caballo escudriñaban cada metro del camino buscando a Pablo.

La tarde y las nubes enfriaban los ánimos de encontrarlo. La gente de la zona se intrinco en bosques que parecían imposibles de cruzar sin que los precediera un machete.

Un par de días después y a varios kilómetros del camino encontraron el cuerpo de Pablo, sonreía acurrucado sobre unos matorrales, que no impidieron que el hielo se le acercara demasiado. Y como únicos testigos, varios hongos esparcidos alrededor, que por su aspecto inocente jamás se esperaría que le hubieran destrozado el hígado, mientras su cerebro seguía embriagado por la carencia de sus elementos sustanciales.

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