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Los tennis que no conocían la calle

Relatos para corredores

· Relatos

Todos saben lo que significan esos últimos kilómetros, le dicen la pared; hay números y estadísticas que indican cuando llega y las estrategias para superarla. Pero los números y estadísticas son crudos y fríos; todos saben que llevas la mente y el corazón al máximo para no desfallecer, para no traicionar ese sueño de llegar más rápido.
Pero hoy todo decía que lo iba a lograr, que iba a alcanzar su objetivo y entraría en el tiempo que se había planeado. Las piernas iban sufriendo los estragos de los kilómetros acumulados, pero no bajan el ritmo; la cabeza iba fría a pesar del clima que fue más cálido que en otras ediciones; el estómago sin la clásica revolución, toleraba lo que se le enviaba.
Y los pies felices como perro que sale a pasear, es probable que fuese solo un placebo, pero esas nuevas zapatillas para correr lo tenían muy contento. Todos esos argumentos que lo llevaron a invertir los ahorros de varias semanas, por fin estaban rindiendo cuentas. Sentía cómo esa plantilla de carbono, y los materiales de última generación, hacían maravillas debajo de sus pies. Casi veía a los keniatas que las lucían en cada competición fungiendo de “pacer”, llevándolo a la recta final.
A pocos metros, cuando las familias están en espera de sus corredores, pero que igual animan a todo al que pasa frente de ellos, cuando crees que el viento te saca una lagrima, cuando sabes que ya no hay vuelta atrás; en esos momentos pensaba que esas zapatillas eran mágicas, lo habían ayudado a cruzar el purgatorio.
Con los pulmones a tope, llegando a ese momento en dónde no entra más aire, cuando el corazón está a nada de estallar, cruzó la meta.
Habiendo entregado todo y un poco más, se tiró en la pista sintética. Boca arriba e intentando recuperar el aliento, y aunque el aire no entraba, solo volteaba a ver sus pies maravillado por esa increíble obra maestra de la ingeniería y del diseño.

Al menos tres personas con trajes de aislamiento estaban a su alrededor, su condición se había ido deteriorando. A pesar de su joven edad y buen estado de salud, llevaba dos semanas en el hospital por una gripa que en épocas de globalización y gustos culinarios excéntricos, se había transformado en neumonía.
Desde su ingreso al hospital tuvo que estar solo en la habitación, al principio la tecnología lo ayudaba a sentirse acompañado, pero conforme se agravan los síntomas, sus deseos de ver la pantalla y escuchar palabras de aliento fueron cada vez menores.
En dos semanas solo una ocasión pudo recibir la visita de su madre, que disfrazada como astronauta la dieron autorización de verlo, ya que su condición empeoraba y necesitaba algunas cosas para ayudarlo a rehabilitar su cada vez más emaciado organismo.
Unos días después de ser ingresado al hospital llegaron sus tennis última generación, que estaban planeados para correr su próximo maratón. Su madre pensó que era una buena idea llevarlos, esperanzada de que eso lo ayudaría a mejorar su estado de ánimo. Y la profecía se cumplió, no pudo disimular que tanto la visita de su madre, cómo la llegada de los esperados tennis competían por ponerle nuevamente brillo en sus ojos.
Días después cuando los tres médicos con trajes aislamiento se acercaron para decirle que las cosas habían empeorado en las últimas horas, ese brillo se esfumó por completo. A pesar de varios minutos de perorata técnica, lo único que entendía es que lo iban a dormir para ponerle un tubo en la garganta y una aguja en el cuello.
Y así cómo cuando se firma la carta de exoneración para las carreras, no tuvo más remedio que firmar las autorizaciones correspondientes.
A los pocos minutos la habitación estaba helada, y no sabía si ya habían infundido algo en su torrente sanguíneo pero las luces eran cada vez más bajas. Los tres médicos estaban a su alrededor, hablan entre ellos, pero era imposible entender algo, solo se percibía la premura de alguno, el tono imperativo del otro, y los ojos fríos como témpanos del que miraba su cuello. El líquido frío que envolvió su cuello, se acompañó de una telas que cubrían su rostro y lo dejaban en absoluta oscuridad, un ardor sobre su clavícula y una serie de órdenes mecánicas fueron suficientes para poner un catéter hasta su corazón; con la cabeza de lado mientras suturaban a su cuerpo el catéter, solo veía sus tennis.
Una sensación de euforia y vigor lo llenaba en el corral de salida, listo para arrancar ese maratón. Algunos sedantes dan esa sensación y eran necesarios para que tolerara el tubo que tenía en la garganta y le hacía llegar oxígeno puro a los pulmones.
Seguramente él seguiría corriendo por las calles y por el campo, es una lastima que esos tennis no conocerán la calle.

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