Forrest Gump
No es fácil encontrar compañero para los entrenamientos, en especial cuando se comienza a pensar en distancias más serias. Además, el primer maratón es momento de experimentar con todas las variables que entran en juego para lograr que ese rompecabezas tenga orden.
Siempre había corrido en solitario, pero hacer entrenamientos largos es difícil para la mente. Así que la compañía de Ana me había caído como anillo al dedo, corredora con algunos maratones en su haber y una buena conversación, la hacían una buena compañera para los entrenamientos largos.
Nadie tenía el menor deseo de separarse de las sábanas en ese momento de la madrugada dónde el sueño es tan profundo que el sonar del despertador parece un taladro en el cerebro. Para mi fortuna nuestros horarios laborales nos obligan a madrugar y correr en el claro oscuro.
Salir a correr a las cinco de la mañana, cruzando el anillo periférico de la Ciudad de México y trasladándonos desde el sur al oriente de la ciudad, no sonaba como la cita idílica. Y si no fuese suficiente cruzar varias avenidas, pelear con algunos puentes y semáforos, quedaba la pésima de idea de ingresar a una pista para corredores por un hueco en la valla, ya que llegábamos antes del horario de apertura.
Sin embargo, parecía que Ana o desconocía esos pormenores, o tenía una lesión cerebral que le impedía sentir miedo. Ahora pienso que los corredores nos volvemos tan adictos, que olvidamos los riesgos inherentes a una actividad que parece tan inocente, simplemente poner un pie delante de otro a una frecuencia de ciento sesenta pasos por minuto.
Al principio hay un poco de temor, sobre lo que pasará en los kilómetros que se correrán por una de las ciudades más peligrosas del mundo, pero a esa hora de la madrugada los mayores sobresaltos fueron protagonizados por unas ratas que peleaban al borde de la banqueta, y por algún perro que se encargaba de despertar a sus dueños con ladridos que nos obligaba a apretar el paso.
Sería ingenuo negar que Ana me intrigaba, una mujer guapa, bastante inteligente, y que no se intimida fácilmente. Llegó unos meses antes a la oficina, francamente meditabunda, y algo extraño para una oficina donde la comunicación y generación de chismes es el deporte por excelencia, se mantenía al margen de todo. Sin dejar de mantener las normas mínimas de educación y civismo, no se integraba a la dinámica de los compañeros.
En realidad, nadie sabía nada de su vida, aunque participaba en las pláticas y abundantes festejos de la oficina; se le notaba distante, pero sin ser indiferente. Era un extraño distanciamiento difícil de observar en estos días de hipercomunicación. No faltaron los que buscaron todos sus perfiles sociales, obviamente al ser una mujer guapa Tinder era el primer lugar dónde deseaban encontrarla, pero la búsqueda fue infructuosa; lo que hizo sospechar que fuese casada, aunque no usaba ninguna argolla o marcador de matrimonio. De ahí siguieron todas las redes sociales disponibles, donde no existía ningún perfil compatible, y al no poder hacerla partícipe de la mediocre sociedad de nuestra oficina, dejó de tener interés para el resto del equipo.
Yo tampoco era el alma de la fiesta, trataba de mantenerme integrado a las actividades sociales de la oficina, aunque de modo parcial. Ya que no me era posible darles alcance en el consumo de alcohol, comida chatarra, y trasnochadas los viernes de quincena en un cantabar cercano. Era el bicho raro de la oficina por mi afición a correr, lo que me impedía degustar los “placeres” del oficinista clasemediero. Sin embargo, me había ganado el aprecio de los compañeros y el sobrenombre de “Forrest Gump”. Incluso había gente que ni siquiera me conocía por el nombre de pila, la verdad no me importaba y dentro de todo sentía que me validaba como corredor.
El policía que fungía como recepcionista del piso de oficinas, solo me decía Forrest (bueno, en realidad me decía “ese mi fores”). Un buen día y de manera inesperada el regordete defensor de la justicia me estaba esperando con una sonrisa de oreja a oreja (¿o de cachete a cachete?) “mira mi fores te llegaron otros tennis, pero ora sí te pasaste, ese color morado me parece un poco joto”. Era de conocimiento popular que nuestro guardián de la justicia consideraba una labor inalienable revisar cualquier paquete que llegará a la oficina, por lo que las cosas muy personales preferíamos no pedirlas a nuestro lugar de trabajo.
“No recuerdo haber comprado nada recientemente”, conteste. Y sin más tomé la caja y la llevé al cubículo. Era imposible que alguien en la oficina comprara algo para hacer deporte, todos los colegas, mínimo eran obesos, y varios peleando, más bien perdiendo, la guerra contra la hipertensión y la diabetes.
Revise el contenido de la caja, y claramente eran unos tennis para mujer, pero el tamaño de la zapatilla no era precisamente el de una mujer pequeña, además no eran el clásico zapato de la primeriza de zumba, estos eran un avión para correr; con un número más grande, no me hubiese importado el color y me los hubiera quedado, ya que seguramente se habían equivocado de dirección de entrega. Pero justo estaba imaginando cómo me quedaría el color morado, cuando Ana se acercó con una mirada entre dubitativa y furiosa.
¿Son tuyas? pregunte con algo de temor, “claro, ¿o que tú sabes correr?”, eso me hizo pensar que, o no tenía idea de quién era yo, es decir Forrest Gump, o nunca vio la película.
“Perdona, el policía pensó que eran mías, casi siempre cuando compro algo en línea lo pido para la oficina, y nadie pide tennis aquí más que yo”, eso ultimo lo tuve que decir en voz baja para no ofender a mis sedentarios colegas. No sé si era la firmeza de su mirada, el tono de voz que sin gritar sonaba imperativo, o que fuese una mujer fuerte y bien plantada, pero me intimido. Ana es una mujer que fácilmente puede intimidar, no porque sea una fuerte o alta, sino por esa confianza que muchos envidiamos, y que se le sale por los poros, al verla tan cerca casi esperaba que me diera una orden y obviamente no planeaba desobedecerla. Así que siguiendo las órdenes de sus ojos que miraba hacia sus moradas zapatillas se las entregue en sus manos.
¿Dónde entrenas? me pregunto, “llevo tiempo buscando dónde entrenar y no encuentro lugar, ya sabes o está muy pequeña la pista, o hay muchos perros, o hay muchos rateros; el caso es que no logró establecer una buena rutina”.
Yo todavía estaba algo impresionado, primero por encontrar a una corredora en la oficina, eso siempre anima; pero principalmente porque me sentía intimidado por lo guapa y por la educada rudeza con la que se desenvolvía. En resumen, le entregue la caja con los tennis, y solo se me ocurrió decirle, “si quieres un día vamos a entrenar y te cuento. Tú no eres de la ciudad, ¿cierto?”. “Ni que tuviera cara de chilanga” me respondió, y en esas ocasiones en que no quieres que aflore tu alma de comediante de stand-up, le dije, “pues de chilanga empoderada si te andaba confundiendo” y con una rotunda carcajada me dijo que nos poníamos de acuerdo y se fue tranquilamente a su lugar de trabajo.
Conforme se va acercando la fecha de la competencia, las distancias para entrenamientos largos van aumentando, y en no pocas ocasiones hay que entrenar dos veces al día. La seguridad de los parques y pistas cercanas ya no era suficiente, y comencé a incursionar en las calles. Un poco tímido al inicio, a los pocos días ya estaba como pez en al agua corriendo por las calles del sur de la ciudad. En varias ocasiones salía muy temprano, prácticamente de madrugada, para llegar a bañarme, y desayunando en el camino llegar a tiempo a la oficina para ganarle al reloj checador.
“Provecho Forrest Gump” escuche al caminar por la calle a unas cuantas cuadras de la oficina. Ana me alcanzó, veníamos a buen paso, y dado que hoy no me encontraba infraganti espiando en sus envíos, o porque tenía una sonrisa muy honesta, el caso es que me sentí cómodo e incluso contento de encontrarla. Le ofrecí mi sándwich sabiendo a priori que lo rechazaría, pero para mi sorpresa me lo quitó de las manos, y tras una mirada furtiva que buscaba la receta secreta, le encajo una mordida, y el entrecerrar de sus ojos me confirmó que estaba rico. “Esta cosa esta buena, tienes buena mano para prepararte tu desayuno, o ¿te lo prepara tu esposa?” Esa pregunta me pareció que llevaba segunda intención, y me apresure a decir que vivía solo. Creo que ella también noto mi segunda intención en enfatizar que vivía solo, y esbozo una sonrisa.
“Disculpa por nuestro encuentro anterior” me dijo mientras se me atragantaba el sándwich, “creo que no fue la manera correcta de presentarme, pero si me gustaría que me dieras consejos sobre rutas por esta zona, la verdad me da un poco de miedo correr sola; prometo no retrasarte tanto.”
Ya con mejores modos y con esa sonrisa, era más fácil aventurar una invitación, y sin perder mucho tiempo, ya que estábamos por llegar a la oficina, le dije que el domingo podríamos probar una ruta que había estado explorando. “me parece bien, nos mensajeamos para ponernos de acuerdo” y retomando su don de mando me dio su número de teléfono.
Algo nervioso ya que solía correr en soledad, el domingo me dispuse muy temprano a preparar mi cita con Ana. En lugar de levantarme, elegir lo primero que me encontraba y salir a la calle; en esta ocasión me levanté a bañar, cepille mis dientes, y elegí la ropa más decente con la que contaba.
Llegué unos minutos antes y Ana ya estaba ahí, primera cosa que llamó mi atención es que no traía audífonos, eso significaba que habría que platicar las próximas dos horas. Lo siguiente que llamaba la atención es que ahora se veía más empoderada que antes, unas piernas robustas pero fuertes, la postura de mucha confianza, y el resto de la figura que la ceñida ropa sintética permitía imaginar, la hacía ver cómo una mujer atlética y atractiva.
Después de un saludo de beso en la mejilla, y sin más preámbulo me pregunto hacia dónde nos dirigíamos. Le comenté la ruta, y antes de terminar de explicar ya estaba trotando “vamos me vas indicando en el camino, yo te sigo”.
Resultó congruente su figura atlética con su paso en el correr, después de calentar al trote durante diez minutos, trate de poner un paso medio, que honestamente estaba un poco más rápido de lo usual, ya que quería impresionar un poco. Y Ana iba muy fresca, hablando constantemente, y sin huellas de ir agitada, pensé que era cuestión de tiempo, pero al rebasar la hora de entrenamiento, el final de la historia ya estaba contado. Yo terminaría con una sobrecarga del entrenamiento, y ella fresca como cuando se levantó por la mañana.
Quedó claro que Ana no era ninguna novata, una mujer con ese paso de carrera, con buena técnica y un cuerpo que denota el trabajo de gimnasio, era perteneciente a alguien que sabe muy bien las reglas del juego.
Nos despedimos, yo empapado de sudor, y ella sin grandes cambios con respecto a su llegada. Me sorprendió su comentario, “estuvo bueno el entrenamiento, si te parece podemos repetirlo algún día”, ya a esas alturas y con la moral por el suelo no pude más que ser honesto, “no te preocupes, solo te voy a retrasar; ya conoces la ruta y por lo visto la puedes hacer más rápido”, Ana me miró un poco defrauda e insistió “relájate, me la pase muy bien y no siempre hay que correr rápido, es verdad que corro rápido, pero te puede servir para que te esfuerces más”, lo que ella no sabía es que hoy había hecho mi mejor marca personal en esa ruta, y por mucho.
El lunes fue un suplicio llegar a la oficina y fingir que no me dolía todo, y los más difícil era caminar con normalidad. Para la mayoría de mis compañeros pasaba desapercibido, así que nadie hizo mayores preguntas sobre mi estado de salud, pero con un poco de atención me hubieran preguntado si tenía cáncer terminal. Mi mayor temor era la cara de Ana, al ver la paliza que me había recetado; pero para mi sorpresa al verla pasar cerca de mi cubículo, muy forzadamente me espetó un saludo apenas iluminado con una mirada rápida. Me llamo la atención la seriedad de su trato, considerando que habíamos pasado una buena mañana de domingo, ella trotando y yo sufriendo. Pero las mujeres son un enigma que no tenía planeado descifrar, así que seguí con mis actividades, no sin sentir un amargo retrogusto ante ese comportamiento.
El resto de la semana pasó sin grandes aspavientos, y tampoco sin cambios en el comportamiento de Ana, que incluso parecía esconderse, o al menos evitar nuestros encuentros que el albedrío de una oficina proporcionan. Lo más raro fue el sábado por la tarde recibir en mensaje de texto “¿vamos a entrenar mañana o aún estás dolorido?, avísame para organizarnos”. Más que dolor, lo que menos me agradaba de su mensaje era la falta de tacto, y la falta de interés durante el resto de la semana.
No planeaba mostrar mis escasas virtudes como dramaturgo, así que limite a escribir “igual que la siguiente semana”. Y con esa escuálida respuesta no esperaba que llegara a la cita, pero por si acaso repetí el ritual de la semana anterior, así que llegue impecable e incluso un poco antes que la ocasión anterior. Para mi sorpresa ya estaba ahí ¿cuánto tiempo tendría esperando? y al igual que la otra ocasión, se veía muy linda, siempre irradiando poder y confianza. Y al igual que la semana anterior, la paliza no se hizo esperar, mismo resultado, llevaba dos derrotas consecutivas, todo se perfilaba a que no lo lograría, al menos no a corto plazo.
Mientras corríamos, o al menos mientras me esforzaba por correr a su ritmo, Ana se transformaba, siempre manteniendo una plática amena; y por motivos obvios ella participando mucho más que yo, que a duras penas lograba contestar cinco palabras seguidas, ella parecía muy interesada en mí.
Percibí ese interés genuino de querer saber tus más profundas ideas, y también las banalidades de la vida común. En cuatro sesiones de entrenamiento Ana sabía mucho, y sin darme cuenta probablemente estaría dentro de las cinco personas a las que más he contado cosas personales. Me hubiese gustado ser recíproco, pero la fatiga del paso al que me traía me limitaba bastante, y cuando tenía aire para poder hacer alguna pregunta, la plática daba un giro y volvía a enfocarse en mí.
Quedaba poco tiempo para la fecha del maratón, y el entrenamiento se iba complicando. Ya le había dicho a Ana que se venían dos entrenamientos largos por semana, obligando a madrugar un día entre semana. La idea hizo dilatar sus felinas pupilas, y se invitó de inmediato a ese nuevo entrenamiento.
En el ombligo de la semana, y en este caso con menos cuidado por mi apariencia personal, nos vimos dónde siempre. Comenzamos el ritual, y a pesar de haber realizado este camino ya varias ocasiones, la oscuridad de la madrugada cambiaba el aspecto de la ruta, los primeros kilómetros solo iluminados por la luz amarillenta de unas viejas luces, y las calles desiertas hacen que se perciba un alma distinta de la ciudad, y contrario a la bulliciosa actividad que la hace ver con un organismo vivo, en esas horas más bien tenía un aspecto lúgubre. Incluso esta sensación o sería la temprana hora hacía que corriéramos en silencio, ya a la mitad del camino acercándonos a una de las pistas en las que hacíamos la primera escala, comencé a sentir un poco de miedo, y pensé que no había sido buena idea este nuevo horario, la oscuridad era más profunda y nos hizo bajar el ritmo para evitar algún accidente. Al llegar a la zona de la entrada vimos que está cerrado, y Ana se limitó a decir “pues corremos hasta la otra pista, a ver si está abierto, y regresamos al rato”.
Si la oscuridad me había parecido un reto, el ir corriendo al lado de la ciénega que conectaba el camino a la siguiente pista me puso un poco ansioso. El frío que emana de esas aguas estancadas, el ruido de la fauna que, en el día para desapercibido, y mi grandilocuente imaginación que me hacía ver cosas “raras” entre la maleza lo que me hizo pasar un mal rato. Por fin dejamos esa zona y cruzamos el puente peatonal que nos llevaba a la siguiente pista y nos encontramos con lo esperado, la puerta estaba cerrada; seguimos corriendo alrededor para buscar el regreso, pero Ana me mostró un agujero en la malla que bordeaba la pista, su mirada de gato travieso sugería que nos filtraramos, y así lo hicimos. Entrar a esa pista oscura, sin gente, y acompañados por los ruidos de la naturaleza de una pequeña reserva ecológica en medio de una gran ciudad, daba una sensación de miedo y ansiedad, que incluso me hizo apretar el paso. Mi mente me hacía pasar malos ratos, en los pequeños momentos donde perdía de vista Ana, algunas sombras parecían moverse, o simular animales de mediano tamaño, las corrientes de aire que a veces eran más frías me hicieron sentir escalofríos en un par de ocasiones; terminamos el circuito y para mi felicidad regresamos el camino a casa.
No me había recuperado del mal rato y la siguiente madrugada iba con sensación de sufrimiento, pero había que cumplir el programa. Desde el inicio Ana imprimió más velocidad que otras veces, parecía que escapaba de mí, yo trataba de darle alcance pero no era tarea fácil, y vestida de negro cobijada por la oscura madrugada me dificultaba localizarla visualmente. Llegue solo a la ciénega, y la sensación fue aún más desagradable que la vez anterior, incluso estuve a nada de abortar la misión y abandonar a Ana para emprender el camino a casa, pero me parecía peligroso dejar a una mujer en el borde de una de las zonas más peligrosas de la ciudad, y sabía que ella cumpliría al pie de la letra el entrenamiento. Sintiendo cómo el frío me envolvía el cuerpo, seguí avanzando y logra verla a punto de subir el puente que nos lleva a la segunda pista, así que sacando mis últimas fuerzas me apresuré para alcanzarla. Esa madrugada era más fría que la vez anterior y comenzaba a sentirse esa sensación de sudar y sentir cómo se enfrían rápidamente las gotas en la frente.
Comencé a subir las escaleras, manteniendo un trote suave, ya no podía ir más rápido, y Ana me esperaba en el otro extremo del puente. Estaba muy oscuro y a la mitad había algo en medio del camino, en pocos segundos creas distintas hipótesis, una bolsa de basura negra era lo único que lograba identificar, tapando la totalidad del camino, sin poder llegar a una conclusión lo único que hice fue intentar saltar sobre ese oscuro bulto en medio del puente.
 

Ana
Su cabeza pegó de manera seca sobre el frío cemento, vi que intentó saltar y librar el obstáculo, y casi lo logra, pero hubo necesidad de estirar la mano para detenerle y jalar el pie izquierdo, a la velocidad que iba la caída seca y total era lo esperable. Pensándolo en detalle creo que incluso el impulso hizo que derrapara, me quede observando alrededor, y no había nadie, los autos que pasaban por debajo tampoco eran un problema, a esas horas pueden ir rápido, así que poca atención ponían a un puente. Espero un minuto, tal vez dos, es difícil medir el tiempo cuanto tienes el corazón queriendo escapar del pecho, seguía sin moverse. Sentía miedo y algo de desilusión, no quería que muriera por el efecto de la caída, no deseaba perder ese gusto, y me lo robara el maldito destino.
El bulto envuelto con la bolsa negra se acercó y con delicadeza puso su dedo índice y anular al cuello, sus latidos eran fuertes, no estaba muerto se había desmayado del impacto contra el suelo. Me acerque y parecía que estaba dormido, pero su mano derecha se veía algo extraña, no seguía la línea natural del cuerpo, es probable que intentara frenar la caída y se hubiera fracturado. Tome con mis manos su cara para tratar de voltearla y efectivamente había derrapado, la mitad derecha sangraba, no era una gran hemorragia, pero habría que regresar a lavar el cemento que tenía pedazos de piel y sangre. Tomándolo de las axilas y la cadera el bulto envuelto con la bolsa negra y yo, lo movimos con delicadeza apenas unos centímetros por encima del suelo, no queríamos que por accidente nos vieran cargando un cuerpo.
Lo más difícil fue bajar las escaleras, pero por fin llegamos al agujero en la cerca y logramos pasar. La pista estaba sola como siempre, tal vez un poco más fría que en otras ocasiones. Pero yo hervía, sudaba y aunque quería controlar el temblor de las manos que me ha acompañado desde la primera vez, no lo lograba. Volví a concentrarme, no podía echar a perder meses de trabajo, ese momento era mi responsabilidad, el bulto con la bolsa negra se conformó en hacer lo mismo que en otras ocasiones, sentarse en una roca, a unos cuantos metros y observar, ver mi trabajo sereno, con la mirada fría que apenas se podía ver por el vapor que salía de su nariz y boca cada vez que respiraba.
Tenía la jeringa en la cangurera, no parecía necesitar ningún sedante, el golpe había sido muy fuerte, pobre Forrest en verdad había intentado correr rápido, e hizo que el impacto fuera mayor a lo esperado. Pero no deseaba molestias así que de igual manera subí su manga izquierda e inserte la aguja, instilando el líquido ambarino le proporcionará un sueño profundo que me dejaría trabajar.
Había que atarlo a una viga metálica pero no contaba con un brazo fracturado, no hubo más remedio que jalarlo y el antebrazo hizo un sonido parecido al de una rama seca que será parte de una fogata. Tomé las cuerdas con duras fibras que se sienten como espinas y con una dureza que empeora con el frío de la madrugada, comencé con sus manos haciendo pasar varias vueltas sobre las muñecas y finalmente atándolas a un extremo de la viga. Al finalizar me decepcione un poco, ese brazo fracturado distorsionaba la hermosa figura de un hombre inmóvil y atado a una helada viga de acero, listo para esperar su destino. Amarrar los tobillos fue fácil, poco a poco encuentras maneras de hacerlo más rápido logrando un amarre firme y limpio.
El bulto con la bolsa negra se acerca pesadamente para darme un rollo de piel de vaca, que al apoyarlo en el suelo expone un abanico de cuchillos y navajas, los cuales brillaban en medio de la oscuridad que en breve terminaría.
No es fácil decidir con cual de todas las opciones debes perpetrar tu objetivo, con que instrumento debes enfrentarlo a su destino. En ocasiones el trabajo minucioso con pequeñas incisiones a lo largo de todas la venas y arterias superficiales, o el grotesco escenario de usar una pequeña hacha; al pasar mis ojos por esa pléyade de metálicos secuaces, de manera automática y con maestría no dude un segundo, tomé la daga delgada y larga, “cada alma tiene una cita con el arma que se merece”
Ese segundo previo es el más importante, hay que concentrarse, frenar mi revoloteo del pecho y dejar de temblar; con el puño apretado en la empuñadura y con precisión quirúrgica lo enterré en el pecho, sin un solo temblor sin la fuerza explosiva que se ve en las series de televisión, con firmeza y seguridad, la daga se hunde en el corazón, sé que el final está muy cerca. Eso es lo difícil de este gusto, meses de trabajo se consagran en apenas dos minutos, en gusto efímero, apenas un bocado.
Me siento dos minutos al lado del bulto con la bolsa negra y saboreando esos instantes que preceden a la muerte, solo percibo mis latidos que me rebotan hasta la frente, y la respiración del bulto con la bolsa negra que permanece inmóvil.
De modo ritual ambos saben lo que hay que hacer, Ana se levanta y comienza a mover el cuerpo, queda poco tiempo antes de que la luz del sol se haga presente. El bulto con la bolsa negra echa una última mirada a la escena y despacio se aleja.
Ana se encuentra agitada y suda bastante, no es fácil mover un cuerpo atado a una pesada viga, pero pacientemente logra acercarse el lago artificial que se encuentra en medio de uno de los ángulos de la pista para correr. Se exige un último esfuerzo y apoya en el fango un extremo de la viga con el cuerpo atado e impulsa el cuerpo de su víctima al lago, el sonido explosivo del agua es lo único que se escucha y tras un burbujeo se pierde de vista en el fondo oscuro y lodoso.
 

Son dos minutos antes de las nueve de la mañana, Ana llega a la oficina, saluda al policía de la entrada y se dispone a trabajar como todos los días.
 

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